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jueves, 28 de noviembre de 2019

¿Cómo es un día cualquiera para una mujer de negocios?

Sí, lo sé, me prodigo poco por aquí. Suena a excusa barata, pero estoy muy ocupada. Llevar una editorial ocupa gran parte del tiempo que paso despierta. Sin embargo Ms Landlady me ha pedido que os hable un poco de mi día a día, así que me pondré a ello. Un día de otoño como los que tenemos ahora... vamos a ver.

Cuando me levanto me suelo dar una ducha rápida para domesticar mi melena a golpe de secador. Hace algunos años me ejercitaba un poco pero acabé traicionando mi rutina para arrancarle media hora más de sueño al despertador. No me da tiempo a desayunar en casa: salgo pitando y me compro un café en la cafetería de la esquina, a pocos metros de mi oficina.


Las mañanas las dedico a reuniones estratégicas con mi equipo así como a revisar los números, la respuesta de las publicaciones en el mercado por sí solas y respecto a los competidores y todo eso. Aunque no somos una editorial grande tengo un equipo muy preparado; es un verdadero alivio saber que puedo contar con todos ellos para que las cosas sigan viento en popa. Casi todos los días se me echa encima la hora de la comida y, salvo que tenga algún compromiso previo, como una ensalada en la oficina. Sin embargo tengo una comida de negocios mensual con los directores de nuestras publicaciones que no perdono por nada del mundo.


Por las tardes toca hacer trabajo de campo. Suelo tener reuniones con patrocinadores y anunciantes diversos, así que muy a menudo me hago con otro café y voy a aquí para allá. No me duelen prendas en salir de la oficina para reunirme con quien haga falta. Por lo general no estoy en casa hasta la noche.

Una vez en casa me gusta volver a darme una ducha, esta vez más relajada; en invierno me doy un baño de vez en cuando. A continuación hago dedico media hora a meditar y finalmente ceno permitiéndome desconectar con una serie. 

Como podéis ver tengo una vida de lo más corriente. Ajetreada, sin duda, pero me gusta la actividad y ante todo me gusta llevar una empresa creada por mí. Y ahora os dejo, ¡precisamente hoy tengo una cena de empresa! ¡Hasta pronto!

domingo, 20 de noviembre de 2016

Estrategia publicitaria


He estado dando tumbos desde que me convertí en la mala oficial por tener un par de citas con Matt, ya que él tenía novia. La verdad es que él me gustaba mucho más de lo que pensé que llegaría a hacerlo. No se parece lo más mínimo a otros chicos con los que he salido; aunque sabía que no estaba dispuesto a dejarlo con Alyssa, me encontré enamorándome como una idiota. Cuando ella regresó y se reconciliaron, volví a la vida de juergas salvajes para tratar de evitar que las buenas noticias acerca de ellos dos no me alcanzaran. He de decir que no sirvió para nada: me enteré igualmente de su compromiso y poco después me presenté como una cuba en un baile benéfico en una mansión de campo de Londres. Aunque no recuerdo demasiado de mi lamentable espectáculo y de algún modo no hay más que un vídeo en YouTube, tuve que hacer trabajo comunitario durante dos meses y someterme a terapia para dejar el alcohol. No fue demasiado apropiado, en resumen.

El trabajo comunitario que tuve que hacer fue ayudar en una guardería especializada en niños con problemas. Como quedó bastante claro que los niños no son lo mío, la directora me puso a hacer tareas más de secretaria, tipo hacer fotocopias y preparar café. Fue la primera vez en mi vida que trabajé de verdad, y el esfuerzo de madrugar y someterme a una rutina, aunque al principio fue una verdadera tortura, demostró ser muy beneficioso. Me sentía mucho más lúcida de lo que había sido en mucho tiempo, aunque durante las primeras semanas mi mayor miedo era que las noticias de mi transgresión llegasen a mi padre, no pareció suceder nada, ya que durante mis conversaciones con Skype con Nueva York nada se salió de lo normal. No les oculté a mis padres mi paso por el trabajo comunitario, pero les dije que eran unas prácticas obligatorias de la Universidad, cosa que les sorprendió un poco, ya que les constaba que hacía como un año que no pisaba las aulas, pero parecieron alegrarse de que la hija pródiga se enderezase.

Sin embargo, aunque estuviese comportándome un poco más como una persona normal, seguía pensando en Matt. Lo más duro no era que él fuese a casarse, sino la idea de que, sin duda alguna, no me dedicaba ni un minuto de sus pensamientos cuando él era lo único en lo que yo podía pensar. Eso y que yo seguía siendo la mala de la película, con la mayoría de las chicas del bloque mirándome con desdén. Yo tenía el corazón roto, pero al parecer no tenía derecho ni a eso porque, a fin de cuentas, había sido yo la aspirante a robanovios.

Cerca de un mes después de mi descalabro público en el baile benéfico, cuando barría el patio de recreo mientras los niños estaban en clase, oí que llamaban mi nombre desde la verja:

-¿La señorita Sforza?

Lo primero que pensé fue: “Genial, un papparazzi”.

Me giré y vi a un tipo rubio y de ojos azules, increíblemente guapo e increíblemente conocido: Magnus Oxenstierna, un aristócrata sueco igual de crápula que yo y al que no había visto en persona jamás, a pesar de vivir en el mismo edificio que yo.

-La misma –respondí a su pregunta.

Él esbozó una sonrisa irresistible. Allí, en medio de la calle, comprendí por qué estaba siempre entre los más deseados en las revistas del corazón.

-Había oído que te habían puesto a hacer trabajo comunitario y me dije que eso tenía que verlo con mis propios ojos.

Así que, además de guapo, era un imbécil. Y yo allí, volcando el contenido del recogedor en la papelera del patio de la guardería.

-Pues ya lo has visto. Puedes marcharte.

Él rió entre dientes.

-Sabes, antes incluso de verte liarla en el baile, ya había oído hablar de ti.

Hice un mohín de desagrado.

-Sí, mucha gente ha visto ese vídeo.

-No, yo vi la versión en directo –cuando dijo eso, le miré de refilón, y añadió-. Yo también estaba en aquel baile por requisito familiar. Estaba siendo infumable hasta que apareciste tú. Así que gracias. Me gustaría invitarte a tomar algo como agradecimiento.

Hizo un gesto con la cabeza indicando el pub de la esquina, al que las profesoras de la guardería iban a veces después de cerrar y en el que el psicólogo con el que iba a terapia me había prohibido terminantemente poner un pie. Fue un fugaz instante de tentación, pero sacudí la cabeza y repliqué:

-Ya no bebo –vi por el rabillo del ojo el gesto sarcástico de su sonrisa y añadí-. Temporalmente, al menos.

-Puedes tomarte un refresco. Vamos… que no muerdo.

Me mordí el labio inferior. No era fácil darle largas a aquel tipo. Y a decir verdad, mi espíritu aventurero me pedía a gritos que me acercase a Magnus y dejase que algo muy loco sucediese. No había habido ningún hombre en mi vida desde Matt, y de eso hacía más de un año.

Pero si esperaba que sucediese algo incontrolable y apasionado, me llevé un chasco.

Magnus me explicó más tarde, en otro pub a un par de manzanas (no quería que me vieran con él las profesoras de la guardería), que buscaba a una chica con la que dar el perfil de un tipo con novia. Ante mi pregunta de por qué no se buscaba una novia de verdad, me respondió que no había conocido aún a nadie que le interesase lo bastante, pero necesitaba dar a entender a su familia que se había reformado para que no le cerrasen el grifo. Yo no acababa de entender cómo la hija de un mafioso iba a servir a sus propósitos, pero él aseguró que era tal su estatus de oveja negra entre los Oxenstierna, que sus padres no se fijarían en pequeños detalles como aquél. ¿Y qué ganaba yo?, le pregunté. Lo mismo, según él: cuando las noticias de mi irrupción en el baile benéfico llegasen a oídos de mi padre, y lo acabarían haciendo, yo aparecería ante sus ojos totalmente reformada, con un novio estable que, además, era de la aristocracia. Podríamos incluso dar una entrevista o dos manifestando cómo nuestro amor nos había rescatado de aquella vida descontrolada por la que ambos nos habíamos destacado. Lo cual no quería decir, por supuesto, que fuésemos a dejarla de verdad. Sólo nos mantendríamos fuera del radar durante una temporadita.

Eso fue hace cinco meses.


Fingir ha resultado muy fácil. Tanto, que, como una idiota, he empezado a enamorarme de este caradura. 

sábado, 27 de febrero de 2016

Reencuentro, reconciliación

Dicho y hecho, como anuncié que haría, fui en busca de Matt.
No soy de las que persiguen a un hombre. Es más, quizá sea precisamente por eso por lo que he estado a punto de perderle, si es que no ha sucedido ya. Me resistí a ir tras él, usando mi trabajo como excusa. Ahora tengo mi propia revista y, después de un año publicándose con un buen volumen de ventas, me atrevo a dejarla un poco más en manos de mis colaboradoras. Me he decidido así a volverme hacia otro de mis más acuciantes asuntos pendientes: mi novio, Matt.
Fue más fácil decirlo que hacerlo. Sí, viajé hasta Londres, pero una vez allí no encontré el valor para encararme con él tan rápido como habría presumido. Ha habido cierta distancia entre nosotros y sé que salió con Valentina, pero no sé si llegaron a algo. Me he retrasado en esa confrontación, asegurándome a mí misma que tenía otras cosas que hacer instalándome de vuelta en mi loft y trasladando mi fuerza de trabajo. Sin embargo, llegó un momento en que no pude retrasarlo más. Fue entonces cuando subí a su ático.
Pocas veces en mi vida he estado tan nerviosa como cuando llamé al timbre. Él, en cambio, me sostuvo la mirada con mucha calma al hacerse a un lado para dejarme entrar.
Tomé asiento en uno de sus sofás de cuero y él me imitó.
—Seguro que piensas que debería haber sido yo quien fuese a buscarte —habla él primero—. Si has venido a mandarme a tomar viento, lo entenderé.
Me revolví incómoda en mi asiento. La verdad es que no se me había ocurrido que él debiera ser el primero en venir a buscarme, pero no le faltaba razón. A fin de cuentas, él fue quien hizo mal.
—Imagino que tu sentimiento de culpabilidad está relacionado con Valentina. —Voy directa al tema.
Matt baja la mirada, y adivino por su pose que esta vez es él quien está nervioso.
—No sé qué es lo que has oído… —comienza a decir.
—Que os visteis —le corto—. Es todo cuanto necesito.
Matt suspira.
—Alyssa…
—Sólo quiero saber qué pasó entre vosotros. Me han recomendado lo contrario, pero si voy a morirme de celos, quiero conocer los detalles de por qué.
Él vuelve a suspirar.
—Si te digo que no hicimos nada, ¿me creerás? —No respondo de inmediato. Le miro fijamente, y él prosigue—. Es cierto que nos vimos, y creo que Valentina quiso que hubiera algo más. Creo que… Alyssa, la verdad es que creo que en cierto momento yo también lo quise.
Trato de expulsar el aire que estaba reteniendo en los pulmones, y hasta eso se me quiebra al escucharle.
—Pero… acabas de decir que no llegó a pasar nada.
—Porque no pasó. Alyssa, estoy siendo sincero contigo, esperando que puedas perdonarme por haber deseado a otra mujer… aunque nunca haya llegado a pasar nada con ella.
La tensión de los últimos minutos se agolpa en mis oídos y por un instante sólo oigo los latidos de mi propio corazón. Me permito perder la compostura al recostarme en el sofá. Le creo con tanta intensidad que el alivio me golpea casi con violencia. Oigo a medias sus siguientes disculpas, su arrepentimiento centrado en haber salido con otra mientras yo estaba ocupada trabajando tanto.
—Pero quiero hacerlo todo bien a partir de ahora. Quiero estar contigo para siempre, Alyssa. ¿Te casarías conmigo?
Su proposición me pilla completamente por sorpresa. No me había planteado el matrimonio. Y sin embargo…
—Sí. Pero no todavía.
—¿No todavía…?
—Cuando esté lista, te lo diré.
Matt parece aturdido, pero accede:
—De acuerdo. Esperaré.

No puedo evitar que me entre la risa floja, y entonces él se sienta a mi lado y me abraza. Pese a todo, tenemos algo que celebrar.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Las increíbles aventuras de las hermanas Dehondencq


-Oye, Odile...


-¿Sí?

-¿Te has enterado de todos los cambios que está habiendo en Dolls Crazy House?


-Sí que lo he hecho... ¡Y encima nosotras tanto tiempo sin salir! Pero claro... hemos estado tan ocupadas...

-Es verdad...

-Todo empezó con esa investigación sobre el antiguo manuscrito en aquella biblioteca, ¿no es así, Maëlys?


-¡Cierto! Y además, tuvimos que dar esquinazo a aquellos matones que querían apoderarse de nuestros descubrimientos...


-Sí, fue muy peligroso...

-Y encima luego nuestra búsqueda nos llevó a Sudamérica, donde dimos con el templo secreto detrás de la cascada.


-Qué bien me quedó esa foto.


-¡Y ahí no quedó la cosa! Luego acabamos en Roma, ¿recuerdas? Fue donde se nos acercaron aquellos dos morenazos.


-Menos mal que nos dimos cuenta a tiempo de que querían arrebatarnos lo que habíamos descubierto acerca del manuscrito.

-¡Menudo par! Y qué chasco, estaban de buenos...


-¡Ay que ver qué mala suerte tenemos con los hombres, Odile! Al menos al final se aclaró todo y a los malos los detuvo la policía... Mientras tú y yo escapábamos a la Toscana, donde por cierto pasamos unas merecidas vacaciones.


-Y tan merecidas... Menuda aventura la nuestra.

...

...


-Ah... Montarse películas siempre me abre el apetito. ¿Te apetece un sándwich, Maëlys?

-Sí, claro, pero... al final, ¿nos ceñimos a esa versión de la historia?


-¡Pues claro! Ya verás, se lo van a creer todas en el edificio y vamos a quedar fenomenal.

-Tienes razón. Menos mal que te dejé a ti la creación de nuestra historia... Vamos a triunfar!

jueves, 30 de abril de 2015

Sabrina tiene un plan

Poco antes de hacerme famosa, mi mánager por aquel entonces me recomendó mudarme a un barrio a las afueras, muy exclusivo, en el que vivían un buen montón de famosos. La zona, respaldada con un eficiente equipo de seguridad privada, aseguraba no sólo que me rodease un aura de glamour de lo más interesante para mi recién adquirida visibilidad pública, sino también una férrea protección de mi intimidad. Después de que aquel depravado entrase en mi casa en verano del 2011, las recomendaciones de mi mánager demostraron no ser de mucha ayuda. Por eso me cambié a una zona de clase media-alta, más corriente, en la que vivo actualmente. En estos cuatro años me lo he pasado estupendamente codeándome con estudiantes, profesionales y modelos de vida discreta, pero cuando volví de Mónaco y comencé a enterarme de los rumores de que alguien muy famoso, es decir, más que yo, iba a instalarse en el edificio contiguo, me eché a temblar. Venía de Montecarlo deseando entregarme a un período de tranquilidad, y no estaba segura de que fuera a ser posible.

         Poco después de su mudanza, me encontré con Cora y Shannon en el rellano. Tras intercambiar las típicas fórmulas de cortesía y algunos comentarios acerca de mi álbum en vivo, la conversación se desvió hacia el tema más candente del edificio: la presencia de la poetisa de moda, Iris Marble, entre nosotras. Aparte de la presencia de algunos periodistas de lo más persistentes apostados junto a la puerta del bloque, la rutina de las inquilinas no se había alterado en lo más mínimo, y es que, aseguraba Shannon, que había tenido oportunidad de charlar con Lena, la hermana y agente de Iris, a pesar de su fama explosiva, la poetisa prefería centrar sus energías en la composición de su nuevo libro de poemas que en las sesiones de fotos, de ahí la discreción.

La conversación me dio una idea, así que volví a mi apartamento, cogí el teléfono y encargué una cesta de regalo con vino espumoso, chocolates y otras exquisiteces. La hice entregar en mano a las gemelas con una tarjeta de mi puño y letra dándoles la bienvenida al bloque de apartamentos, y deseando que fuéramos buenas amigas.

La respuesta no se hizo esperar: Lena me invitó a tomar un cóctel en su casa apenas unos días más tarde. Me presenté allí puntual como siempre, y tras las presentaciones de rigor, les planteé con tono desenfadado una pregunta que, esperé, despertaría su interés:

-¿Qué creéis que pasaría si una cantante de moda uniese fuerzas con la poetisa más cotizada del momento?

Como esperaba, me hice con toda su atención.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Toda la verdad

Las chicas no dejan de acosarme a preguntas. Desde que salí con Matt en aquella cita, la curiosidad no ha dejado de florecer a mi alrededor. Aquí todas tenemos un sexto sentido para percibir cuándo las cosas han cambiado, y para nosotros dos podrían haber cambiado mucho.

Recapitulemos: me llamo Valentina, y todo el mundo me tiene por una fiestera incurable y soltera entusiasta. Cuando Matt llegó unos meses atrás, no le presté demasiada atención, fundamentalmente porque tiene novia, y si hay una cosa que respeto es a las parejas. Además, le veía muy distinto a mí, tan serio, tan dedicado a su profesión… No creía que tuviésemos demasiado en común. Pero fue entonces cuando me pidieron que saliese un día con él para tratar de animarle cuando todo cambió.

La idea la tuvo Connie, lo que me hace pensar que no había ninguna clase de segunda intención en su propuesta. Es tan inocente que casi da miedo. Yo no esperaba nada más allá de un paseo y un café antes de que cada uno volviese a sus asuntos, así que ni me arreglé especialmente ni nada parecido. Nos encontramos en el portal del edificio, para que el terreno fuese un poco más neutral, y comenzamos a caminar en apariencia sin rumbo fijo mientras yo me esforzaba por romper el hielo, muy concienciada de mi labor como animadora temporal de Matt. Le hice toda clase de preguntas acerca de su trabajo, como si lo entendiera, y parloteé un poco acerca de mí misma, de mis amigas, mis estudios, mi rutina. Creía que no me estaba haciendo mucho caso porque parecía un poco ido, pero me hizo algunas preguntas que desvelaron que en realidad me estaba prestando atención. Sin embargo, seguía alicaído, era evidente, así que acabé preguntándole:

-¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?

Él se volvió hacia mí y me dedicó una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida.

-¿Te apetece ver las rosas?

Asentí, claro, sin saber muy bien a qué se refería.

Me guió a un pequeño parque, no muy lejos de nuestro edificio, al que se entraba por una especie de pasillo con arcos de hierro forjado por los que trepaban exuberantes rosales en flor. No me explico cómo las rosas seguían abiertas en pleno otoño, pero su vibrante tono de rojo parecía explotar bajo la luz moribunda de aquel día nublado.

-Es un sitio muy bonito –dije.

Me quité las gafas de sol un momento para apreciar mejor la estampa, pero Matt no me imitó. Le interrogué con la mirada, y se limitó a responder:

-Vengo a menudo.

-¿De veras?

Él asintió con la cabeza y añadió:

-Me anima cuando estoy deprimido.

Volví a ponerme las gafas de sol.

-Y eso… ¿te pasa mucho?

-Últimamente –se enterró las manos en los bolsillos-, bastante.

Apreté los labios. Me moría de ganas de seguir preguntando, claro está, pero no quería ser indiscreta. Seguimos caminando un rato por el parque. Pareció animarse cuando le pedí que nos tomara una selfie y me invitó cuando tomamos asiento en una cafetería tranquila. Allí se quitó al fin las gafas de sol. Esa vez me miró mientras volvía a hablar sin parar, y llegó a sonreír un poco al escuchar mis anécdotas del instituto.

-…Y entonces, Jake… -Me callé de sopetón y aparté la mirada.

Matt dejó de sujetarse la barbilla con la mano y me preguntó:

-¿Jake, qué?

-Prefiero cambiar de tema, si no te importa –respondí.

Él se reclinó sobre el respaldo de la silla.

-Entiendo.

Di unas vueltas a la cucharilla en mi taza ya vacía, trazando círculos en los restos de espuma de mi capuccino. Al final, sentí la necesidad de contárselo a alguien.

-Jake era un amigo de clase. Me gustaba, y era evidente que yo también a él. Hice planes para declararme y todo eso, pero mi madre se enteró, y bueno… Vengo de una familia muy tradicional. No les gustó la idea, y me lo prohibieron. –Callé un instante antes de añadir-. Mis padres no son como los de los demás. Sabía que si les desobedecía, acabaríamos los dos metidos en un lío… Pero me asustaba más lo que le pudiera pasar a él.

Volví a callarme con un nudo en la garganta. No solía contar cosas de mí misma que implicasen referencia alguna a mi familia, ya que inevitablemente solía acabar haciendo alguna clase de referencia, por mucho que intentase no hacerlo, a las actividades que desempeñaban mi padre y los demás. Me recriminé en silencio haberle hablado de Jake, al que tanto había intentado olvidar, arrepentida en cuanto hube terminado, pero al contrario que otra gente, Matt no insistió en los puntos más oscuros de mi pequeña perorata, sino que miró a través del cristal de la cafetería hacia la calle y confesó a media voz:

-Las cosas con Alyssa… van mal. Llevan mal una temporada, y aunque hemos tratado de arreglarlo, no parece que sigamos funcionando. De algún modo… llevamos juntos más de cinco años, y de repente todo va mal. Creo que seguimos juntos porque a estas alturas nos da miedo cambiar a los dos.

En ese punto volvió a callarse, y se mordió ligeramente el labio inferior. Aquel sencillo gesto hizo que me diera cuenta de lo mal que lo estaba pasando con todo aquello.

-¿Te preocupa cómo vaya a afectar a vuestra relación el vivir separados? –Le pregunté

-Me preocupa el hecho de que sé que bien no va a salir.

No me atreví a decir nada más, así que estiré el brazo para cubrir su mano con la mía. Él tardó unos instantes en imitar mi gesto. Me quedé mirando su reloj como embobada unos segundos, y cuando volví a alzar la cabeza hacia él, me topé con su mirada serena contemplándome fijamente. Creo que fue entonces cuando saltó la chispa.

He dicho que no soy de las que van por ahí robando novios. Me gustaría ser capaz de mantenerlo. Creo que ahora estoy muy, muy enamorada.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Chocolate

No me gusta nada hacer entrevistas de trabajo. Cuando estaba en América trabajé en una tienda de accesorios y en el McAuto de un McDonald’s para sacarme un dinero extra y puedo asegurar que el proceso a entrar en un puesto de trabajo es una verdadera tortura. Te esfuerzas al máximo para gustar a unos perfectos desconocidos que están aburridos de ver a gente como tú y a los que les trae sin cuidado que no tengas donde caerte muerta pero que responden a tus peroratas acerca de tus habilidades que sin duda te llamarán… y nunca llaman. Bueno, a veces te responden que lo sientes mucho, pero que tu solicitud no ha tenido éxito, y tienes que volver a la casilla de salida.

Cuando me llamaron para ir a una entrevista en Godiva, había pasado por ese proceso unas cuantas veces. Aunque el señor Stark me había asegurado que no era necesario que trabajase, que él se encargaría de costear mis estudios y de darme todo lo que necesitara, no me gustaba la idea de vivir del padre de mi amiga. No conseguí hacerle ceder con el tema de los estudios, pero al menos para mi dinero sí que quería ser independiente.

Pero aunque no tuviera prisa, las repetidas negativas comenzaron a minar mi autoestima. Había pasado casi una semana desde que recibí el último correo electrónico en que se rechazaba mi candidatura para trabajar en una tienda de ropa cuando me llamaron para una entrevista en una de las tiendas que Godiva iba a abrir en Londres antes de Navidad.

Tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para presentarme a la entrevista poniendo buena cara y demostrando lo interesada que estaba en unirme a la marca, cosa que era cierta. Siempre he sido una gran fan de Godiva y me apetecía muchísima empezar a trabajar en Londres precisamente para ellos. Era una marca de prestigio que quedaría muy bien en mi currículum.

Al volver de la entrevista, Darcy y yo preparamos la cena. Su padre iba a pasar un par de semanas en Londres y a ella le apetecía prepararle una especie de bienvenida… El caso es que acabamos haciendo enchiladas, que el señor Stark aseguró que eran excelentes, y nos contó batallitas de su época de multimillonario irresponsable (cosa que seguía siendo, en realidad), como aquella vez que despidió al piloto del coche de carreras que su empresa había subvencionado y lo condujo él en el Gran Premio de Mónaco.

Recibí la nueva llamada una semana más tarde. Estaba durmiendo cuando mi teléfono móvil comenzó a sonar, pero se me abrieron los ojos de par en par cuando oí al otro lado del auricular:

-¿La señorita Pryce? Le llamo de Godiva.

El corazón me empezó a latir muy fuerte en el pecho.

-Soy yo –acerté a responder.

-Me congratula comunicarle que ha sido admitida para unirse a Godiva.

Si no hubiera estado tumbada en la cama, me habría caído al suelo. De todas formas, no sé cómo no me desmayé.

La chica con la que hablé pasó los siguientes minutos explicándome dónde tendría lugar mi training y la ropa que debía llevar. Tuve que salir de la cama para hacerme con una libreta en la que apunté todo lo necesario. Cuando colgué el teléfono, no me lo podía creer. Fui corriendo a despertar a Darcy y casi chillé:


-¡No vas a creerte lo que me ha pasado!

viernes, 1 de noviembre de 2013

Una nueva vida

La cara de la pobre Darcy es un poema. Deduzco que su padre no le había contado que se puso en contacto conmigo para contarme que se mudaban a Inglaterra y que, si quería, me pagaba los estudios allí para que no tuviera que separarme de mi mejor amiga. Por eso estoy en su salón con mi equipaje aunque son casi las ocho de la noche, una hora intempestiva para presentarse en casa de cualquiera. Supongo que el hecho de que este ático de lujo vaya a ser también mi casa a partir de ahora hace que lo de la hora no sea para tanto.

Darce suelta el secador encima de una de las mesitas auxiliares y serpentea entre mis maletas para darme un abrazo.

-No quiero sonar grosera, pero, ¿qué haces aquí? –Pregunta. Suena tan emocionada que resultaría imposible que me lo tomara mal.

-Darte una sorpresa –respondo-. Tu padre, tu nuevo padre, se puso en contacto conmigo. Me contó que os mudabais y me propuso que viniera a vivir con vosotros. Comentó que él tiene que viajar mucho por trabajo y que no quería que te sintieras sola en un nuevo país.

Ella toma asiento en el borde del sofá más cercano.

-Uau –dice, y aunque parece impresionada, comenta-. Eso es increíblemente egoísta por su parte. Es decir, me alegra que hayas venido, me hace muchísima ilusión, pero no puedes ir por ahí diciéndole a la gente que cambie su vida entera por ti.

La verdad es que yo también lo pensé cuando me llamó, pero no le puse pegas, y de hecho, ni siquiera le dediqué demasiado tiempo a esa reflexión: en mi caso particular, la oportunidad de mudarme a Londres es demasiado tentadora. Aquí podría dejar de estudiar Filología para centrarme en el Diseño de Moda, algo de lo que mis padres no quieres ni oír hablar. Dudo que el señor Stark, en cambio, tenga problemas con mi elección de estudios.

-Supongo que eso explica la habitación de invitados tan personalizada… ¿Te puedes creer que no me había contado nada?

-Quería que fuera una sorpresa. Insistió mucho en ese punto.

Darcy asiente con la cabeza.

-Ya veo. Bueno, ahora tendré que llamarle –suena como si fuera un gran esfuerzo para ella, y al mirarla con gesto interrogante, me explica-. Aunque sepa que es mi padre, en gran medida sigue siendo un desconocido. Me resulta extraño llamar por teléfono a una de las personas más ricas del mundo como si nada. De hecho, me resulta extraño tener su número de teléfono.

No puedo reprimir una sonrisa.

-Bueno, mujer, date tiempo. A mí también se me hace raro. Lo superaremos.

-Tienes razón, Connie. Ahora estamos juntas, y podemos conseguirlo todo, ¿no es cierto?


Asiento vigorosamente con la cabeza. Claro que podemos.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Pelis de terror caseras

Tanto decir que íbamos a vivir en Londres cuando ha sido hacer la mudanza y empezar a viajar por todo el mundo. Supongo que ser el director de una multinacional tiene esos efectos secundarios, pero sinceramente, esperaba poder aprovechar el inicio de esta nueva etapa para conocer mejor a Tony. Es decir, a mi padre. Todavía me estoy acostumbrando a la idea de tener un padre, y me gustaría que él me ayudase en ese proceso. Él no puede haberse hecho tan fácilmente a la idea de tener una hija. Además, me ha dejado sola en un edificio en el que no hay ningún otro inquilino todavía.

De hecho, a medida que anochece y la luz desaparece, me siento más y más intranquila, y enciendo las luces de casa para que me hagan compañía. Sé que tengo un edificio entero lleno de gente de mi edad justo al lado, pero sinceramente, me da no sé qué aparecer por allí a lo: “Hola, soy vuestra nueva vecina, ¿me dejáis quedarme a dormir en algún sofá?”. No es plan.

Antes de irse, mi padre encargó una compra con la que podría alimentarse a todo un regimiento y en la que se encuentran representadas todas las porquerías de comida basura que ofrecen los supermercados ingleses, y podéis creerme cuando os digo que son muchas. Paso un buen rato echando un vistazo por armarios y nevera antes de decidirme por la pizza, que siempre es la mejor solución. Pero antes me dirijo al cuarto de baño: prefiero darme una ducha.

¿Conocéis esa sensación cuando estáis bajo el cálido chorro de agua de la ducha, las gotas reverberando en el plato de porcelana con ese característico sonido y tú ahí, desnuda, con un sentimiento de vulnerabilidad que es difícil igualar? Es habitual, ¿no? ¿Y si a eso le sumáis la sensación de haber oído un ruido al otro lado de la puerta del cuarto de baño? Al principio trato de convencerme de que son imaginaciones mías, pero el sonido, un crujido insistente, se repite. Me seco a toda prisa y me embuto en el pijama mientras busco con la mirada algo grande y contundente tras lo que protegerme cuando salga. Lo único que tengo es un secador, y me digo que con un poco de suerte, si hay un ladrón quizá consiga confundirle haciéndole creer que es una pistola. Sólo después de haber abierto la puerta recuerdo que tengo todas las luces encendidas, así que las probabilidades son mínimas. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás: empuñando el secador como si fuese un arma asesina, salgo al pasillo y enfilo silenciosamente hacia el salón.

Voy descalza, así que mis pies no hacen ruido sobre el parqué pulido de nuestra casa. Ahora sí que oigo claramente que hay alguien en casa, que no eran imaginaciones mías, y empiezan a temblarme los brazos con los que sostengo el secador como los polis de las películas. Me asomo al salón muy despacito y al hacerlo doy un grito… la pelirroja que está en el mismo, rodeada de maletas, da un respingo y se gira hacia mí con los labios formando una O casi perfecta.

-¡Connie! –Exclamo.

Es mi mejor amiga, a la que no veía desde que mi padre y yo cogimos el avión que nos trajo a Londres. No comprendo qué hace aquí, pero de la emoción boqueo como un pez, tratando de decidir qué hacer a continuación, pero ella me lo pone fácil:

-¿Qué haces con ese secador?

Entonces recuerdo que lo tenía en la mano, y lo escondo detrás de mí.


-Pues verás –carraspeo-, la verdad es que es una larga historia…

lunes, 29 de abril de 2013

La convivencia con un samurai


A Prue le costó mucho explicar por qué era tan importante que su amigo Haruto, que llevaba una especie de disfraz de samurai cuando le conocimos, viviera con Matt y conmigo. Empezó a contarnos una historia rocambolesca pero se lió unas tres veces, y lo único que acabé entendiendo fue que su amigo estaba mal de la cabeza y que su terapeuta le había recomendado que se vistiera de japonés de época porque… bueno, de eso tampoco me enteré, pero llegados a ese punto de la historia, tampoco estaba seguro de querer enterarme. El caso es que yo me habría negado, pero el dueño del ático es Matt, y entre que es un pedazo de pan y que no se entera de la mitad de las cosas, acabó aceptando a Haruto en el tercer dormitorio libre.

Las cosas se han puesto bastante raras desde entonces.

Para empezar, el tal Haruto tenía unas costumbres bastante raras, dejando aparte su estilo de ropa, el hecho de que llevase una katana a todas partes y que no pareciese tener ni idea del funcionamiento de… nada, en realidad. Quería preguntarle a Prue de dónde había sacado a aquel tío (a fin de cuentas, ella fue quien le trajo), pero de repente no la encontraba por ninguna parte, y eso que antes era llamar al ascensor y toparme con ella. Acabé desistiendo ante el peligro creciente de encontrarme con Synnöve, algo para lo que no estaba preparado ni de lejos. Acabé enfrascándome personalmente en el proceso de conocer mejor a Haruto para ayudarle a integrarse, aunque al principio me daba un poco de miedito.

La verdad es que la historia que me contó, de que Leah, la amiga de Prue, le había liberado de un encantamiento que le había mantenido atrapado durante siglos, no me daba mucha confianza. En su cordura, se entiende. Acabé asumiendo que estaba realmente sonado, tal y como Prue había asegurado. Sin embargo, hubo una serie de pequeños detalles que comenzaron a hacerme cambiar de opinión. Había frases, comportamientos, costumbres, que, cuando me informé, me di cuenta de que eran auténticamente japoneses del siglo XVII. Empecé a observarle con más detenimiento de una manera bastante poco discreta y acabé llegando a la conclusión de que la historia del propio Haruto tenía más consistencia que la de Prue, aunque ésta fuese mucho más verosímil. Una vez le pillé intentando practicar uno de sus hechizos, sin mucho éxito. Creo que eso le frustró, así que intenté animarle enseñándole a jugar a videojuegos, que es lo que hago yo cuando estoy de bajón. Su reacción fue sencillamente genial, tanto por la propia tecnología en sí como por la idea de que fuesen productos japoneses. Claro que, igual empezar con Catherine no fue una buena idea… Nunca había visto ruborizarse tanto a un hombre adulto.

Desde que asumí su verdadero origen, echar una mano a Haruto a adaptarse al siglo XXI está siendo menos complicado. Sigue resultándole difícil asimilar ciertas cosas, como que las mujeres trabajen o que los coches anden, pero está aprendiendo a cocinar y a veces incluso hace bromas que incluyen la cultura popular. Es más, está enganchándose peligrosamente a Cómo conocí a vuestra madre. Mi próximo objetivo es conseguir que se vista como una persona normal para que pueda salir a la calle sin que parezca que está haciendo cosplay.

         Aunque lo veo difícil.

martes, 26 de febrero de 2013

El pergamino


Me ha costado un horror convencer a Prue de que no se enfade con Leah, porque tiene razón. Al menos ella ha sido capaz de decirle lo que piensa… A mí me cuesta un horror. Por lo menos, después de unas semanas, se le ha pasado un poco el cabreo y se ha plantado conmigo en la biblioteca de la facultad, donde nos hemos encontrado a nuestra amiga escrutando un viejo pergamino de aspecto sospechoso. A Prue se le olvida que iba a pedir disculpas cuando comienza a husmear por encima del hombro de Leah.
—¡Prue! —La reprendo.
—¿Qué es eso, Leah? —Pregunta mi amiga, pasando de mí.
—Es un pergamino realizado en papel de arroz. Es japonés, del siglo XVII, aproximadamente. Tengo la sospecha —baja la voz— de que está hechizado.
Prue y yo intercambiamos una mirada. Si Leah lo sospecha, seguramente lo esté.
—¿Con qué clase de hechizo? —Inquiere Prue, como una verdadera entendida (que no lo es).
Leah suspira, recoge sus cosas y dice:
—Vamos.
La seguimos a hurtadillas hasta la salida de la biblioteca. Adivino en su actitud que ha perdonado a Prue.

—He estado estudiando el pergamino durante semanas, desde que lo compré por dos perras a un anticuario. No tiene ilustraciones, así que artísticamente no vale gran cosa, y las inscripciones son fórmulas que podrían pasar fácilmente por oraciones budistas.
—¿Hablas japonés? —Pregunta Prue, admirada. Yo tampoco sabía eso de Leah—. Pero, oye, si no son oraciones, ¿qué son?
—Conjuros —responde Leah con aplomo—. Maldiciones y conjuros de encierro. Parece una recopilación de hechizos bastante poderosos. Al principio pensé que se trataba de una especie de catálogo de artes mágicas, pero ya no lo tengo tan claro. Creo que el pergamino en sí mismo está hechizado, y estoy estudiando cómo romper el conjuro.
La idea me alarma:
—¿Y si esos hechizos sirven para contener a un demonio o algo por el estilo?
—Lees demasiados cómics manga, Clary —desestima mis palabras Prue, a todas luces demasiado emocionada con la idea.
—No creas que no he pensado en eso. Antes de realizar el ritual, sellaré la habitación donde lo lleve a cabo.
—¿Y ya has pensado dónde hacerlo? ¡Porque mi casa está disponible!
La idea me deja a cuadros. Me parece que a Prue se le olvida a veces que vive con su hermana. Y no veo yo a Alyssa muy por la labor de permitir que Leah entre en su casa, llene las esquinas de sal y se ponga a salmodiar en algún idioma raro. Pero Prue insiste, dice que su hermana está pasando unos días en el sur de Francia con su novio y, no sé cómo, convence a Leah.

Al día siguiente, nuestra amiga se presenta en el piso de Prue con una maleta trolley y su pergamino bajo el brazo. Le lleva cerca de una hora cambiarse (y nos explica, muy ufana, que su atuendo para el ritual se lo compró en Tahití) y acondicionar el salón para llevar a cabo el ritual, pintura en el suelo incluida. Espero que salga con facilidad, porque sigo pensando que a Alyssa no le va a hacer ninguna gracia, y eso que es un encanto…
Tal y como sospechaba, Leah se pone a salmodiar rodeando el pergamino, y por suerte, no nos pide que la imitemos, porque Prue está demasiado emocionada y yo me estoy mareando con el humo de las velas. Porque hay demasiado humo… y cada vez es más denso, hasta que me doy cuenta de que está saliendo… ¡del pergamino!
—¿Puedo abrir la ventana, Leah? —Pregunta por fin Prue, entre toses.
—Sí, hazlo —oigo su voz ahogada entre la densa humareda.
Poco a poco, el humo se va disipando… y me cuesta creer lo que ven mis ojos, pues al lado de Leah se encuentra un samurai, un samurai de verdad, ataviado con unas estrambóticas ropas. Cuando separa los labios, sólo salen palabras en japonés, y nos miramos con gesto extrañado. No sé qué nos esperábamos, a decir verdad. Por suerte, Leah reacciona con rapidez, y extiende sus dedos hacia el samurai mientras murmura un conjuro. Él espera pacientemente, y cuando vuelve a hablar, lo hace en nuestro idioma:
—Os agradezco, augusta hechicera, que me hayáis liberado de mi confinamiento en el Pergamino de los Siete Secretos. ¿Podría conocer el nombre de mi benigna salvadora?
Leah asiente con la cabeza antes de responder:
—Me llamo Leah Rogers, y ellas son mis amigas Prue Deveraux y Clary Kent. ¿Cómo te llamas tú?
—Mi nombre es Kuzunoha Taiki Hirato, y soy un samurai exorcista del Clan Kuzunoha, de la provincia de Kazusa. ¿Podríais decirme, dama Leah, en qué tiempo y lugar me hallo?
Prue me da un codazo en el abdomen. Creo que sé lo que significa: probablemente nuestro samurai va a llevarse una ingrata sorpresa. 

miércoles, 23 de enero de 2013

De la magia como arma arrojadiza


         Es curioso cómo a veces, aunque no presencies algo, el hecho de que te lo cuenten logra que dicho evento sea parte de tu vida, e incluso se lo cuentes a otras personas dando la impresión de que fuiste testigo, cuando no protagonista. Eso es más o menos lo que me pasó desde que Clary me contó los problemas de Prue con su prima Synnöve (a la que por cierto, no conozco), ya que, al parecer, a ambas les gusta el mismo chico. El conflicto empezó a convertirse en parte de mi vida cuando Prue se encargó de ir actualizando la información cada poco tiempo: “Hoy Evan me ha saludado por la escalera”, “Vi a Evan el fin de semana y llevaba puestos unos vaqueros que le sentaban de maravilla”, “Evan me ayudó a subir la compra a casa”, etcétera. Por suerte, nunca me pide mi opinión acerca de esos comentarios de colegiala, porque conozco a Prue, y me parece muy mal que vaya a hacer la compra ex profeso para que él la ayude. Nunca lo admitiría, pero yo lo sé, y no me hace falta ser bruja para eso.

De quien nunca habla, o muy poco, es de Synnöve. Debe sentirse realmente ofendida de que su prima pequeña sea también su rival. Y eso que no sabe que Evan podría llegar a corresponder a Synnöve, o mejor dicho, que está muy cerca de hacerlo.

Sí que he necesitado ser bruja para saber eso. No les he dicho nada a Prue o a Clary, evidentemente. Hay una serie de normas en esto de la brujería, y además, Prue puede tener unos accesos de rabia muy infantiles. Se enfadaría conmigo, para empezar, por haberle transmitido una verdad que no quiere conocer. Por eso, si se ha fijado en las señales que indican que a Evan le gusta Synnöve, es muy probable que haya optado por obviarlas de una forma más o menos consciente.

—¿Podemos hablar? —Alzo la vista de mi libro al oír la voz de Prue. Clary, detrás de ella, me saluda con la mano.
—Claro —respondo.
Las dos toman asiento en mi mesa. Estaba en la cafetería de la facultad, aprovechando una hora que tengo libre en mitad de mi horario para adelantar un poco en la novela que estoy leyendo ahora. En el caso de mis dos amigas, su presencia aquí se justifica con una sola palabra: pellas.
Cierro el libro y lo dejo encima de la mesa. No se me escapa que Clary mira de reojo la portada. No pierde la esperanza de pillarme leyendo un Grimorio o cualquier otro libro de conjuros. No siempre me tratan como a una bruja, pero cuando se acuerdan, piensan que soy Harry Potter. Y sí, leo libros de magia, pero no en la Universidad.
Prue apoya los codos en la mesa y, lanzándome una mirada entre penetrante y divertida, dice:
—Tengo que pedirte un favor.
Espero que no sea…
—Tú dirás —la animo.
—Quiero una poción de amor.
Noto cómo mi expresión va cambiando de una sonrisa plácida a un gesto mucho más serio. Sí, era justo lo que me temía.
—¿Para que Evan se enamore de ti? —Pregunto.
—¡No, no! —Se apresura a negar ella, y explica—. A lo mejor me he expresado mal. Lo que quiero es una poción de desamor, si es que eso existe… Mira, quiero que Evan deje de interesarse por mi prima Synnöve.
Así que se había dado cuenta. Suspiro.
—No puedo hacer eso, Prue —mientras lo digo, sé que me va a rebatir, y aunque sé que no voy a zanjar la discusión, esgrimo el motivo más fundamental—. Va en contra de mis principios.
Ella frunce el ceño, claramente contrariada.
—¿Uno de tus principios es no ayudar a una amiga en apuros? —Pregunta.
—No estás en apuros —creo que he sonado un poco cínica—. Y uno de mis principios es no interferir en la voluntad de la gente.
—Bueno, pues puedes quedarte tranquila, porque enamorarse de alguien no entra en el ámbito de la voluntad de nadie. Sencillamente, sucede.
Pongo los ojos en blanco.
—El libre albedrío también cuenta.
Observo por el rabillo del ojo cómo la mirada de Clary va de una a otra, pero no se atreve a intervenir. Sabe que tengo razón, pero no quiere llevarle la contraria a su mejor amiga. Si Rita estuviera aquí, apoyaría ferozmente a Prue, ironías del destino. Luego le robaría a Evan, pero eso es otro tema.
—La magia no es ningún juego, Prue —añado antes de mirar a Clary—. No se parece a ningún libro que hayáis leído. La magia real tiene responsabilidades y consecuencias.
Prue suspira con cierto victimismo y se levanta. Clary y yo tenemos que alzar los ojos para mirar su rostro.
—Así que no va a haber poción, ¿verdad? —Afirma.
Me limito a negar con la cabeza, y ella se encoge de hombros:
—Muchas gracias, Leah —chasquea la lengua. Su tono es amargo y mordaz.
Aparta la silla y se marcha, y Clary intercambia conmigo una rápida mirada antes de seguirla. No están muy lejos de mí cuando alzo la voz para advertirla:
—No insistas en tu propósito, Prue. Acabarás convertida en la mala.
Mientras sale de la cafetería, no puedo dejar de esperar que escuche mis palabras.