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domingo, 30 de noviembre de 2014

Who wore it better? - Session 7

¡Bienvenidos a la séptima entrega de Who wore it better?! Con todos Vds., nuestra presentadora: ¡Magda!


-¿Eh? ¿Yo? ¿Presentadora de qué? ¿...Hola?

Magda, ¡estás en el aire! Estamos introduciendo la entrega mensual de Who wore it better?.

-¿Y se puede saber qué hago yo aquí? Un momento... No seré una participante, ¿verdad? ¡Porque eso se avisa!

Te avisé de que ibas a ser la presentadora del evento de noviembre, ¿no te acuerdas?

-Pues... ¿no?

No me digas... Ay, Dios mío, menudo desastre. Vas a tener que improvisar, Magda, y ya hablaremos luego.

-Oh, mierda, vale... Mierda, no puedo decir tacos en televisión... ¡Lo he vuelto a a hacer! Ah... esto... Bueno, bienvenidos de nuevo y... ah... veamos la prenda a conjuntar de esta entrega.


-Se trata de un vestido traído directamente de China, hecho a mano y obtenido a través de Taobao. Yo con esos encajes que tiene no me lo pondría ni loca, pero bueno, esto no va sobre mí, ¿verdad?

...

-No me mires así, Landlady... A ver, la primera modelo es... Mina. Y no me sorprende, porque el vestido a ella sí que le pega.


-Llamaré a este estilismo "Funeral Chic".

¿En serio, Magda?

-¡A mí me parece muy de entierro! Pero eso sí, de entierro así como de peli, en los que en el fondo todo el mundo tenía cuentas pendientes con el difunto, o algo...


-Esos son los calcetines que enviaron con el vestido, ¿no?

Así es.


-Ajá. Pues... Bueno, pasemos a la siguiente concursante, que es Charlotte.


-A este estilismo lo llamaré: "Voy de asistente afligida pero en realidad el difunto me caía mal".

Dios santo...

-¡En serio, mírala! Lo digo sin acritud, pero es que la combinación del foulard con los calcetines y el bolso fucsia... En fin.


-¡Además el bolso tiene forma de guitarra eléctrica! Mi nuevo objetivo en la vida es presentarme en el funeral de mi archienemigo con un bolso así de molón. Supongo que primero necesito hacerme un archienemigo, pero todo se andará, creo.

Desde luego conmigo no vas desencaminada...


-Bueno, Landlady, tampoco te pongas así... Veamos a la tercera asis... digo, participante.


-Y esta vez tenemos a Sia, a cuyo conjunto he llamado "Es la primera vez que mis padres ultrarreligiosos me dejan salir de casa en mi vida, y seguramente en el funeral me enamoraré de mi primo rarito que tiene animales en formol", o algo así. ¿...Por qué me miras como si quisieras estrangularme, Landlady?

...Por nada. Creo que ves demasiadas películas, Magda.

-¡Pero es que Sia es tan pálida que lo parece! La quiero mucho, Landlady, pero entre tú y yo, parece que está cruda de lo blanca que está.


Los zapatos también los conseguimos a través de Taobao. No te olvides de mencionarlo.

-Vale, eh... Los zapatos de Sia también fueron comprados en Taobao. ¿Es que ahora Taobao es nuestro sponsor?

...No. Sólo quiero que se sepa que son handmade.

-Vale, pues... eso. Que son hechos a mano. Ya está. ¿Me puedo ir ya? Me despertaron para venir.

Está bien, Magda. Puedes irte.

Y a nuestros queridos lectores... Espero que a pesar de los comentarios de Magda, hayáis disfrutado de nuestra sesión. Y una vez más, como siempre, os pregunto... ¿Cuál es vuestro estilismo preferido entre nuestras tres concursantes?

viernes, 16 de diciembre de 2011

Una visita a la española. Segunda parte

         Mi primer instinto cuando vi aparecer a mis padres y a mi abuela en el aeropuerto fue agachar la cabeza y salir corriendo. Desafortunadamente, ellos me vieron antes y empezaron a gritar y a gesticular por si acaso me habían pasado desapercibidos, aunque mi madre había decidido convertirse en un subrayador andante llevando una trenca de color rojo brillante sobre un jersey verde manzana que era todo un atentado. Honestamente, me sorprendió que no les hubiesen parado en aduanas… pero casi mejor, porque ninguno de ellos habla ni media palabra en inglés y me tocaría a mí ir a sacarles las castañas del fuego. Casi puedo ver las caras de los policías, ésas que ponen cada vez que se topan con españoles paquete, que no son pocas.
         Por supuesto, todo el aeropuerto se ha enterado ya de dónde vienen. Sólo los españoles armamos tanto escándalo.
No me queda más remedio que acercarme a ellos y dejar que me besen como si no hubiera mañana. Por suerte deben estar acostumbrados a las muestras de amor en público propias de los españoles, y a nadie parece extrañarle.
—Estás muy delgada —mi madre me coge de la cara y me mide con la mirada—. ¿Comes bien?
—Ya sabes que la comida en este país es un asco, María —rezonga mi padre, que tira con gran esfuerzo de tres maletas.
—Vendrás por Navidad, ¿no? —Pregunta mi abuela.
Me pregunto con qué les habrá chantajeado para que la dejen venir. Mi abuela materna, Juli, tiene bastante mal humor, y los miembros de su propia familia cada vez tratan de espaciar más los turnos para invitarla a su casa, a lo mejor por eso mi abuelo Juan pasa los días enganchado al Carrusel Deportivo. Al final casi siempre están en su piso, que está encima del nuestro, y mi madre va a verles todos los días.
—¿Me habéis traído mi guitarra? —Intenté fingir que no era lo que más me importaba, pero he fallado miserablemente.
Mi padre frunce el ceño y me tiende la funda negra que contiene mi preciado instrumento. La abrazo como si fuera mi novio.
—¿Vamos a tu piso? —Propone mi madre.
Creo que me he puesto pálida como la cera, pero acierto a preguntar:
—Vosotros dormís en un hotel, ¿no?
—Pues claro, tranquilízate —mi madre alza las cejas con aire de sospecha—. Sólo queremos ver dónde estás viviendo.
Ah, claro, se trata de eso. Menos mal que Mina y Sia ya están sobre aviso. Con las mismas, cogemos un taxi y salimos en dirección a casa.
Prefiero no dar detalles sobre el trayecto. Resulta que el taxista era de Murcia y se dedicó a charlar durante todo el viaje acerca de las fiestas de la patrona, los equipos de Segunda A y otras cosas de las que ni me enteré porque preferí desconectar. Estaba haciéndome a la idea de que mi madre iba a hacer una inspección por toda la casa buscando alguna clase de prueba incriminatoria con la que obtener una licencia para llevarme de vuelta a casa, mientras que mi padre y mi abuelo se sentarían en el sofá para oír, que no escuchar, las quejas que tuviera mi abuela acerca de cualquier cosa, y cuando digo cualquier cosa, me refiero a todo. Así, en general.
Y eso fue precisamente lo que pasó, en pocas palabras. Pero además, según llegaron al piso, mi madre abrió una de sus maletas y empezó a sacar comida. Montones de comida. Fiambres, tarros de legumbres, un queso (¿y cómo demonios piensan que voy a cortar yo un queso?), conservas y hasta un tupper con filetes empanados dentro.
—¿Y esto qué es, para cuando me vaya de acampada? —Pregunté.
—Todos sabemos lo mal que comen los ingleses —resolvió mi madre.
—Mamá… —empecé a decir, pero me detuve porque no merecía la pena. Si se le había metido en la cabeza que los ingleses comen mal, no tenía ningún sentido que le explicase que los filetes empanados eran la base de mi dieta. Me limité a darle las gracias por esos filetes reblandecidos después del viaje en avión, además de guardar el resto de la comida. Sí, me quejo mucho, pero en realidad las provisiones me vinieron genial.
Pero lo más importante de todo es que me trajeron mi guitarra. La dejé a buen recaudo en el apartamento y por desgracia no pude volver a ponerle la mano encima hasta que se volvieron el domingo por la tarde, ya que me tocó hacer de guía turística por la ciudad con los cuatro, y apenas pisé por casa. Eso sí, desde entonces, ¡no me despego de ella!

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una visita a la española. Primera parte

Cuando te mudas es cuando salen a la luz las miles de cosas que tienes metidas a presión en los escasos metros cuadrados de habitación. Eso me pasó a mí, y aunque me iba a Londres durante un año solamente, cuando empecé a hacer listas de lo que quería traerme, llegué a la conclusión de que iba a tener que alquilar un avión de mercancías sólo para todos mis trastos. Al final, eliminando y sufriendo por lo que tendría que quedarse en casa, terminé plantándome en el aeropuerto de Heathrow con dos maletas casi tan grandes como yo misma, tanto que me costó Dios y ayuda encontrar a un taxista que accediera a llevarme esos dos mostrencos al apartamento donde iba a vivir… Pero bueno, ésa es otra historia.
El caso es que, tanto tiempo para preparar maletas y comprimir kilos de ropa para darme cuenta, en menos de cinco minutos mientras deshacía el equipaje, de que me había dejado la guitarra en Madrid.
Podría haber llorado de la frustración.
Rápidamente llamé a mis padres. Mi madre me cogió el teléfono, me hizo doscientas preguntas acerca del viaje, me preguntó por mis compañeras de piso, emitió juicios de valor sin haber estado aquí en la vida, me dio ochocientas recomendaciones para velar por mi seguridad (nadie diría que he vivido en Madrid desde que nací) y acabamos despidiéndonos como si nada. Luego me acordé de que en realidad les había llamado por la guitarra, y tuve que volver a llamar. Al menos mi padre se hizo cargo de la situación, aunque me recordó, otra vez, que si no estaba a gusto siempre podía volver a casa.
Pasaron dos semanas sin que volviera a tener noticias de mi guitarra (que no de mis padres, que me llamaban día sí y día también hasta que les convencí de que Jack el Destripador se había muerto hacía un siglo o así y que, de todas formas, no actuaba a plena luz del día y en plena Universidad), hasta que un buen día recibí la llamada que tanto esperaba:
—Buenas noticias, Magda —mi madre sonaba exultante—. Hemos decidido ir a llevarte la guitarra.
—Ah, genial, ya la echaba de menos… Espera, ¿has dicho traerme? ¿No me la ibais a enviar?
—Bueno, eso pensábamos, pero no conocemos Londres, y además a los abuelos les apetece verte…
—¡¿Vais a traer a los abuelos?!
Londres es una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, pero no veía yo a mis abuelos en Londres. Básicamente, porque ellos son muy de pueblo. Concretamente, de un pueblo que está más o menos en el culo del mundo. En Cantabria, vaya.
—No irás a decirme que no podemos ir.
Mi madre acababa de poner ese clásico tono que ponen las madres que viene a significar algo así como: “eso me hace sospechar que tienes algo que ocultar, probablemente que vives con un chico”. Y sinceramente, con lo sosacos que son los británicos, me parece una tontería que piense eso, pero ella qué va a saber, si los únicos ingleses que conoce son los que salen en Downton Abbey. No tenía opción, así que claudiqué:
—Está bien. Pero que no se os olvide la guitarra.

No había acabado de colgar el teléfono cuando me estaba arrepintiendo ya de haber permitido que mis padres vinieran a visitarme, aunque si estaban tan seguros, no habría logrado impedirlo ni orquestando una huelga de controladores en el aeropuerto de Heathrow. No tenía demasiadas ganas de que mis vecinas, tan glamourosas ellas, vieran a la panda de catetos que es mi familia, aunque a lo mejor ésa es la impresión que tenemos todos de nuestros familiares… que nos van a avergonzar. Por si acaso, reuní en el salón a Mina y Sia, mis dos compañeras de piso y tan Erasmus como yo, para ponerlas sobre aviso de las extrañas criaturas a las que iban a conocer el próximo fin de semana. 

miércoles, 26 de octubre de 2011

Un par de fotos para abrir boca

Os tengo abandonadísimos, qué vergüenza. La verdad es que no tengo demasiado tiempo libre, y entre eso y que decidí fotografiar a las chicas precisamente cuando dejó de hacer sol, de momento sólo puedo ofreceros un par de fotografías nuevas de Magda y Sia.
Espero que os gusten, a pesar de todo.
He modificado ambas fotos con la herramienta de efectos retro de pixlr.com, una especie de photoshop online con esta versión para tontos (que es lo que yo soy en lo que a estas cosas se refiere) para poner bonitas las fotos (no, no me pagan comisión, es que la web me encanta).

martes, 4 de octubre de 2011

Magda



Modelo: J-Doll X-126 Gran Via (Jun Planning, 2008)
Molde de cuerpo: Type 3 Pullip
Molde de cara: J-Doll

Magdalena Vera Pastor (más conocida como Magda) es otra de nuestras estudiantes Erasmus. Tiene veinte años y viene de Madrid.

Magda estudia Periodismo y es conocida por su desparpajo y optimismo natural. Aprovecha el tiempo libre que le deja su carrera (que es bastante) para hacer docenas de cursos, desde jardinería hasta trucos de bricolaje, pasando por bailes de salón, corte y confección, cocina creativa y yo qué sé cuántas cosas más. Eso sí, Magda venía con un talento de casa: toca la guitarra (española, claro), algo que a sus vecinas les parecía muy gracioso, interesante y típico hasta que descubrieron que a Magda no hay quien le saque los horarios españoles, se acuesta cuando las demás ya están en el séptimo sueño por lo menos y no puede ponerse auriculares para tocar…

Por suerte, esa simpatía suya puede con todo. O con casi todo, ya veremos en unos meses…

Su canción preferida es Riazor, de Amaral.